DOMINGO DE OLIVA

Nace el día. Una luz amarillenta se cuela perezosamente entre las rendijas del portalón de mi ventana. Apenas un intento de conciliar el sueño,pero inexorable crece el día, y la luz abandona su timidez; ahora penetra intensa, brillante. La brisa mueve las hojas del viejo árbol de enfrente y hace que los rayos del sol dancen por las paredes de mi habitación, inundándola de luz.

Irremediablemente es la hora de levantarme. En la calle, demasiado alboroto para ser día de descanso. La gente se agrupa al calor del sol como abrigo. Conforme, acepté que este domingo seria diferente a los del resto del año. En mi mente se aglutinan treinta invernales y frías mañanas como esta.
Muchas veces llegue a pensar si unas docenas de oliveras desparramadas en una comarca maltratada por un clima imprevisible y extremo, era una maldicion o un regalo divino. Año tras año el ciclo se cumple, el olivo espera con sus brazos llenos de fruta madura, pero mi disposición para ordeñarla ha sido diferente según pasa el tiempo.
Atrás quedaron los años de adolescente, cuando este trabajo lo consideraba como una penitencia. Hoy, como mi padre hace cuarenta años, acudo a la cita como unperegrino a cumplir el mandato sacrosanto de mis antepasados.
Poco ha cambiado el rito en mi memoria; acaso el carro y el mulo por el tractor o el monovolumen. La oliva se continúa recogiendo de una en una, en familia. Nadie en ella deja de participar este domingo de raigambre.
“Este año será bueno”, se oirá de camino. “Ciertamente lo ha sido”, dirán de regreso. ¿qué importa? Siempre es bueno, pensare cuando en ofrenda llevo al desolladero el fruto para que aplasten su pulpa y separe la piel de su sangre hasta rezumar aceite. El mismo aceite que hace miles de años impregnara de aroma a Dioses Egipcios, y que Cecrepe llevara a Grecia consagrando el verde liquido de vida a la Diosa Atenea. El mismo aceite que los fenicios usaron como trueque en sus negocios por el Mediterráneo.
Me siento heredero del pasado, poseedor de esta tradición. En mí renace el compromiso de transmitir a mis hijos el amor a estas oliveras, que una vez exprimido su fruto es fuente de vida y energía para los hombres, ungüento para enfermos, cómplice en sus guisos y adobos durante generaciones. Luz en moradas e iglesias, presente para reyes y plebeyos.
Hoy es domingo de oliva. El envero ha cumplido todos sus ciclos. Las oliveras símbolo de sabiduría, abundancia y paz, que estaban ya en el mundo antes que el hombre lo pisara, esperáis sumisas a que os vareen.
“Este será un buen año” se oirá de camino.
“Siempre será un buen mundo, mientras exista oliveras” que legare a mis hijos antes de que se me seque la sangre.